El General en su Laberinto… cero objetividad.

La objetividad, según su sentido epistémico depende del objeto que manejamos y de las reglas del área en cuestión, en la ciencia las reglas constituyen la metodología científica; no es sinónimo de verdad, aunque a veces las confundimos o intercambiamos. Podría decirse que es un “índice de confianza” o de “calidad” de los conocimientos y representaciones. Desde Kant la objetividad es definida como de validez universal, es decir, válida para todos los hombres independientemente de su religión, cultura, época o lugar, en contraposición de aquello que vale sólo para unos pocos. “En su sentido ético la objetividad está relacionada con planteamientos tanto epistémicos como morales. La encontramos habitualmente formulada en términos de neutralidad, imparcialidad o impersonalidad. Se trata de un distanciamiento del sujeto respecto de él mismo en aras de acercarse al objeto, desde una concepción en la que objetividad y subjetividad se excluyen mutuamente. Se supone que para ser objetivo, a la hora de expresar un juicio, el sujeto debe abandonar todo aquello que le es propio (ideas, creencias o preferencias personales) para alcanzar la universalidad.” (Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Objetividad)

En el “Juicio del Siglo” y la subsiguiente condena del General Efraín Ríos Montt, hemos sido testigos de la ausencia absoluta de objetividad por parte de todos.  En cierta manera es lógico pues las pasiones que desata el caso son fuertes, enraízadas y antagónicas.   En el caso de los directamente afectados por el conflicto armado interno es obvio que las pasiones están directamente ligadas a la ideología que profesan, del bando en que voluntaria o involuntariamente se situaron y del bando que les ocasiono daño directa o indirectamente.  Éste sencillo análisis “justifica” la división tan grande que se ha producido en la sociedad guatemalteca a raíz de la condena.  Sería inconcebible que los afectados por el ejército estuvieran a favor del general o que los afectados por la guerrilla estuvieran en su contra.

Sabiendo que el caso generaría, provocaría y despertaría la más violentas y opuestas pasiones en el pueblo guatemalteco, era de esperarse que el tribunal a cargo del caso actuara de la manera más prudente, proba e irreprochable posible, a fin de no generar dudas en ningún sector social al momento de decretar el fallo.  Tristemente eso no sucedio.  Sin ahondar en las causas que provocaron la actuación del tribunal, convirtieron un proceso que debió ser ejemplo de recato y probidad, en un circo medíatico lleno de abusos y manipulaciones.  Vimos desde berrinches de los abogados defensores hasta una juez que en su anhelo de protagonismo violó varios derechos procesales y constitucionales del acusado… al extremo que su histórica condena pende de un hilo por las numerosas apelaciones interpuestas por la defensa del general.

A la mayor parte de los ciudadanos de a pie no les precupa mucho el actuar de la Jueza Yasmín Barrios por qué no se sienten directamente perjudicados ni entienden como podría afectarles en el futuro.  El problema es que la actuación de la jueza ha puesto en entredicho el sistema judicial guatemalteco.  En la euforia de la condena los grupos que apoyan el fallo han hecho caso omiso de lo débil que resulta la condena, mientras que los grupos que se oponen no logran convencer a nadie que la preocupación mayor es la violación del debido proceso y no necesariamente el resultado final.

Independientemente del destino del general, y a consecuencia del circo montado en el tribunal presidido por la Jueza Barrios, Guatemala como nación es la gran perdedora y regresar a la institucionalidad va a tener un costo que es difícil de vislumbrar.  Si la condena queda en firme, las cortes superiores de justicia les da a todos los jueces del país licencia absoluta para cometer los más diversos abusos en contra de acusados y acusadores, de acuerdo su interés particular.  Si la condena es revertida, que es lo que corresponde, se generaría una mega-crisis de relaciones públicas para el actual gobierno cuyas consecuencias son difíciles de prever.

En conclusión: al gato lo dejaron salir de la jaula, irresponsablemente. Ahora la encrucijada es: si rescatar la poca institucionalidad que le queda al país y a su sistema de justicia; o sucumbir ante la presión internacional y perder, en buena medida, nuestra soberanía.

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